Selectividad: preparando el examen de Lengua/2

Vamos a practicar el comentario de textos, parte central de la prueba de Lengua. Este texto cayó en septiembre:

 

El negro
 
Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.
Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y los consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, los observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: “Pero qué chiflados están los europeos”.
 
Rosa Montero, El País
 
 

Como siempre, inténtalo primero y luego lee esta posible solución:

 

1. Resumen:
 
Sucedió en un comedor universitario alemán. Una alumna, de aspecto germánico, se confunde de sitio y piensa que un joven negro se ha puesto a comer de su bandeja. La alemana decide ser cariñosa y condescendiente, pensando que quizá el pobre negro no tenga dinero y comparte con él su comida. Más tarde se dará cuenta de su error: su comida está intacta en otra mesa. La cortesía y la buena educación de la que ella estaba pensando hacer gala se esfuman, junto a una sensación de ridículo. Debemos librarnos de los prejuicios y de actitudes paternalistas. Y no debemos recelar por principio de los emigrantes, ni pensar que los europeos somos superiores y más civilizados.
 
2. Esquema:
 
1. Introducción (párrafo 1º, primera línea): Presentación del lugar donde transcurre la acción que se va a relatar
 
2. Desarrollo (párrafo 1º): El relato delos acontecimientos
-Confusión de la estudiante
-Reacción “civilizada” de la misma
-Comparten la comida con generosidad y cortesía
-Descubrimiento de su error por parte de la alemana
 
3. Conclusión (párrafo 2º): A quién va dedicada la historia:
-a quienes recelan de los inmigrantes
-a quienes los consideran inferiores
Tesis final: Debemos librarnos de los prejuicios xenófobos y racistas.
 
 
3. Comentario crítico:
 
Rosa Montero, una de las más destacadas narradoras y periodistas de la literatura española actual, habitual columnista del periódico El País, nos presenta en este artículo de opinión, una sencilla escena, pero bien significativa, un equívoco cotidiano, del cual extrae ciertas conclusiones sobre la mentalidad de los europeos, quienes, en comparación con personas de otras razas o países (por ejemplo, los africanos) solemos sentirnos superiores y más civilizados.
Para ello, recurre a contarnos una historia, que la propia autora califica de verídica, una anécdota real, estructurada de forma sencilla: primero el relato, y luego la lección que de él se extrae. En primer lugar, sitúa el escenario de los hechos: el comedor de una universidad alemana. Nos presenta al personaje: una estudiante “inequívocamente germana” y “rubia” (pequeñas pinceladas descriptivas que sirven de contraste físico con “el negro”, y que, sutilmente nos llevarán a pensar en los nazis y en sus ideas sobre la superioridad de la raza aria; de ahí la fuerza expresiva de ese adverbio: “inequívocamente”). A continuación detalla los hechos: la muchacha se levanta a buscar unos cubiertos y, al regresar, descubre, desconcertada, que un negro está comiendo de su bandeja. De la sorpresa pasa a intentar comprender (quizá no tenga dinero, quizá no esté acostumbrado al sentido europeo de la propiedad) y decide, sonriente, compartir su bandeja entre muestras de generosidad y cortesía. Al regresar con el café, descubre con estupor su abrigo y su bandeja, intacta, en la mesa vecina.
En el segundo párrafo la autora nos expone la “moraleja” de esta fábula: no hay por qué recelar siempre de los inmigrantes, ni por qué considerar inferiores a las otras razas. Tampoco debemos ser tan condescendientes ni paternalistas, o haremos el ridículo, como la alemana del relato: ella, que se las daba de educada, cae en la cuenta de que el cortés era el negro al que alude el título, el cual pensará que los europeos somos, cuando menos, un poco extravagantes.
El artículo resulta bastante oportuno, pues en estos tiempos en que España recibe a inmigrantes, pueden aflorar ideas y prejuicios xenófobos. Es necesaria una cura de humildad y acordarse de que nosotros los españoles también fuimos emigrantes y tuvimos que ir a Alemania o a Sudamérica a buscarnos la vida en otros años más difíciles. Y ahora que corren mejores tiempos, deberíamos acoger con una mano tendida a quien llega a nuestro país, y olvidar falsos paternalismos y ridículos complejos de superioridad.
Rosa Montero expone su opinión subjetiva no sólo en la conclusión (la primera persona: “Dedico esta historia…”), sino también en el primer párrafo, y esto se advierte en el lenguaje utilizado: la expresividad de los adjetivos (“…contesta con otra blanca sonrisa…”), la ironía (al burlarse de la condescendiente cortesía de la alemana: “…exquisita generosidad y cortesía…”, “…trufado de múltiples sonrisas educadas…”)... Un lenguaje sencillo, pero efectivo, en un texto de amena, fácil y fluida lectura. Incluso observamos la presencia de expresiones coloquiales: “…el colmo de la civilización…”, “…qué chiflados están los europeos…”.
En conclusión, la autora presenta una sencilla fábula moderna que nos advierte de los peligros de la xenofobia.
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